
Chapitre 3
El señor van Welderen, un exoficial del ejército que quedó inválido y con dolores crónicos tras sufrir una fatídica caída de su caballo años atrás, descansa en su sofá sumido en una profunda inquietud.
A su sufrimiento físico se suman graves preocupaciones económicas, ya que mantener y educar a sus cinco hijos con una pequeña pensión resulta sumamente difícil. Aunque intenta complementar sus ingresos escribiendo esbozos militares y realizando traducciones, el dolor le impide trabajar con regularidad. A pesar de la adversidad, la familia se mantiene unida y optimista gracias al carácter valiente del padre, el espíritu alegre de su esposa y la bondad de sus hijos.
Ese día en particular es de gran trascendencia familiar: Mathea (Thea), la hija mayor de diecinueve años, está rindiendo su examen de aptitud en inglés. Apenas cinco meses antes ya había aprobado el de maestra de escuela primaria, impulsada por el noble deseo de trabajar cuanto antes y aliviar la carga financiera de sus padres. Mientras espera noticias, el señor van Welderen se muestra sumamente ansioso e incapaz de concentrarse. Su esposa se sienta a su lado para calmarlo y, aunque comparte en secreto su nerviosismo, intenta mantener una actitud positiva, recordándole el arduo esfuerzo de la joven y planificando un merecido descanso para ella. El padre se lamenta por su incapacidad de educar adecuadamente al pequeño Nico y por el hecho de que su hija deba asumir el costo de los estudios de su hermano, pero su esposa lo consuela y disipa sus preocupaciones.
Pronto, los hijos varones, Jan y Nico, regresan de la calle y se unen a la espera. Jan se apuesta en la ventana y divisa a lo lejos a dos jóvenes que se aproximan: son Thea y su hermana Ita, quien la acompaña. Al ver que Thea viene corriendo y agitando un papel blanco en señal de victoria, Jan anuncia emocionado que ha aprobado el examen. Toda la familia se moviliza con entusiasmo. La madre abre la puerta y empuja a Thea hacia la sala, donde se funde en un emotivo e intenso abrazo con su padre, cuyas lágrimas reflejan elalivio tras tanta tensión acumulada.
La casa se llena de júbilo y felicitaciones. Nico le entrega a su hermana un hermoso ramo de rosas y Thea relata con entusiasmo los detalles de la prueba y la amabilidad del examinador. Para celebrar el rotundo éxito, la madre sorprende a todos con una bandeja de ponche de huevo y galletas. En medio de los brindis y las efusivas muestras de afecto de Ita, la pequeña Bets regresa de la escuela tocando el timbre con insistencia. Al enterarse de la feliz noticia, Bets felicita a su hermana y expresa con total inocencia su alivio por el triunfo de Thea, ya que previamente les había anunciado a sus compañeros de clase que celebrarían con ponche y le habría resultado muy vergonzoso tener que desmentirlo al día siguiente.
Chapitre 4
Un gélido y sombrío día de octubre, Thea van Welderen se encuentra sumida en la melancolía mientras intenta dar clases a su pequeño hermano Nico. Agobiada por la falta de empleo tras dos meses de búsqueda y consciente de las crecientes dificultades económicas y de salud de su padre, Thea se distrae en sus pensamientos. Nico aprovecha la falta de atención de su hermana para escapar de la habitación e ir a quejarse con su padre de que Thea se quedó dormida, insistiendo en que lo envíen a la escuela. Al descubrir la situación, el señor van Welderen reprende severamente al niño por su desobediencia y le ordena disculparse. Thea, abochornada y sintiéndose culpable por haber descuidado sus deberes, interviene para asumir la culpa. Tras enviar a Nico a terminar sus tareas, el padre, a pesar de sus fuertes dolores crónicos, conversa seriamente con ella sobre la importancia de la responsabilidad y la experiencia en la enseñanza. Thea regresa al aula, impone disciplina y logra que Nico trabaje con entusiasmo, reflexionando sobre la dificultad de educar a un familiar.
Por la tarde, Thea es llamada por sus padres a la sala principal. Su padre le muestra una carta donde un viejo amigo de la familia la recomienda para un puesto de institutriz en Bruselas. La oferta proviene de una familia holandesa y ofrece alojamiento, manutención y un excelente salario anual de trescientos florines para educar a dos niños de diez y ocho años. Aunque la propuesta representa una magnífica oportunidad financiera y una vía ideal para perfeccionar su francés, la idea de marcharse lejos de su hogar sume a Thea en la angustia. Sus padres, con profunda ternura y comprensión, le otorgan total libertad para decidir y le piden que reflexione con calma antes de que su padre deba responder la misiva por la noche.
Thea se retira a su habitación y rompe en llanto, temerosa de enfrentar la soledad en una ciudad extranjera cuyo idioma no domina por completo. Sin embargo, tras sopesar la situación, comprende que rechazar la oferta sería un acto de cobardía y una deslealtad hacia su familia, que tanto necesita el alivio económico. Decidida a madurar y a evitar que su padre se sienta culpable por su partida, la joven se lava el rostro, se arma de valor y baja a comunicar su resolución definitiva. Pese a las advertencias de su padre sobre el compromiso ineludible que asumirá, Thea insiste firmemente en aceptar el empleo. Satisfecha con la firmeza de su decisión, que además permitirá que Nico asista finalmente a la escuela, Thea pide a su padre que escriba la carta de aceptación de inmediato y comienza a planificar con su madre los preparativos para su viaje.
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