
5.El misterioso viaje hacia un destino distante
En un lugar distante a miles de millas de distancia, dos hombres se reúnen en una cámara oscura construida con piedra de aspecto medieval. El líder de la operación permanece oculto en las sombras mientras interroga a un asesino de mirada oscura sobre el éxito de su misión. El sicario confirma que ha cumplido su cometido de manera perfecta y asegura que no quedará duda alguna sobre los responsables del acto cometido. A continuación, el asesino coloca sobre la mesa un pesado dispositivo electrónico que le había sido solicitado por su superior. Satisfecho con el resultado presentado, el hombre en las sombras elogia el trabajo realizado por su subordinado. El sicario afirma con convicción que servir a la hermandad representa un verdadero honor para él. Finalmente, el líder anuncia que la segunda fase del plan comenzará en breve y le aconseja a su colaborador que descanse, asegurando que esa misma noche cambiarán el rumbo del mundo.
Por su parte, Robert Langdon conduce su automóvil Saab 900S saliendo del túnel Callahan y emergiendo en el lado este del puerto de Boston, cerca de la entrada del aeropuerto Logan. Tras verificar las instrucciones que tiene en su poder, gira a la izquierda en la calle Aviation y pasa junto al antiguo edificio de Eastern Airlines hasta llegar a un hangar iluminado débilmente que lleva marcado un gran número cuatro. Al descender de su vehículo en el estacionamiento, es recibido por un piloto de rostro redondo vestido con un traje de vuelo azul, cuyo acento resulta difícil de identificar. Langdon, quien viste un pantalón chino, un cuello de cisne y una chaqueta de tweed Harris, se siente tenso e incómodo ante una situación tan inusual, ya que no está acostumbrado a llamadas telefónicas enigmáticas ni a encuentros secretos con desconocidos.
Mientras caminan bordeando la estructura, el profesor reflexiona sobre el inquietante fax que conserva en el bolsillo de su chaqueta y cuya imagen aún no logra asimilar por completo. Ante la inquietud evidente del académico, el piloto le pregunta si tiene inconvenientes con volar, a lo que Langdon responde que sus únicos problemas son los cadáveres marcados a fuego y no los viajes aéreos.
Al dar la vuelta hacia la pista de aterrizaje, Langdon se detiene de golpe fascinado y desconcertado al contemplar la aeronave que los aguarda. La nave es un enorme prototipo con forma de cuña colosal que recuerda al transbordador espacial pero con la parte superior completamente plana, sin ventanas y con pequeñas aletas traseras. El piloto explica con orgullo las impresionantes especificaciones técnicas del vehículo, destacando su estructura de matriz de titanio con fibras de carburo de silicio, su motor alimentado por hidrógeno en estado de pasta y su formidable capacidad de empuje. Además, menciona que el director de su laboratorio tiene mucha prisa por reunirse con el profesor y explica que se trata de un prototipo del Boeing X 33 perteneciente a la nueva generación de transportes civiles de alta velocidad. Una vez dentro de la espaciosa cabina del avión, Langdon es sujetado a su asiento por el piloto, quien de inmediato se dirige hacia la cabina de mando.
La falta de ventanas en el interior despierta en el académico un ligero malestar relacionado con la claustrofobia que padece desde la infancia, una condición que siempre ha influido en sus elecciones personales y en su gusto por los espacios abiertos de los museos de arte.
Los potentes motores se encienden generando una fuerte vibración que recorre todo el casco de la nave mientras la aeronave comienza a desplazarse por la pista. Mientras una música suave suena de fondo en los altavoces de la cabina, el teléfono colocado en la pared junto al asiento de Langdon emite dos pitidos. Al contestar la llamada, el piloto intenta tranquilizar al profesor asegurándole que llegarán a su destino en el lapso de una sola hora. Langdon asume inicialmente que se dirigen a la localidad de Geneva en el estado de Nueva York, donde sabe que existen entornos conocidos cerca del lago Seneca. Sin embargo, el piloto se ríe amablemente ante la confusión del pasajero y le aclara que el destino real es la ciudad de Ginebra en Suiza. Impactado por la noticia, el profesor cuestiona cómo es posible llegar hasta Europa en un período de tiempo tan breve.
El piloto responde entre risas que la nave viaja a una velocidad equivalente a Mach quince, dejando a Langdon sorprendido ante la magnitud de la travesía que acaba de comenzar.
6.Un viaje relámpago hacia lo desconocido
El profesor Robert Langdon conduce su automóvil Saab 900S fuera del túnel Callahan hacia la zona este del puerto de Boston, dirigiéndose al hangar número cuatro en Aviation Road, cerca del aeropuerto Logan. Tras estacionarse en medio de la oscuridad, es recibido por un piloto de rostro redondo y traje de vuelo azul, cuyo acento resulta difícil de identificar para el académico. Mientras caminan bordeando el edificio, Langdon experimenta una profunda tensión debido a lo inusual de la llamada telefónica y al misterioso encuentro secreto con un desconocido. El profesor viste su atuendo académico habitual, compuesto por pantalones chinos, jersey de cuello alto y una chaqueta de tweed Harris, en cuyo bolsillo guarda un inquietante fax cuya imagen aún le resulta difícil de asimilar. Cuando el piloto nota su inquietud y le pregunta si le asusta volar, Langdon aclara internamente que su verdadero motivo de perturbación no son los aviones, sino la existencia de cadáveres marcados a fuego. Al rodear la estructura y salir a la pista de aterrizaje, se detiene desconcertado al observar una nave colosal con forma de cuña que carece de ventanas y posee alas insignificantes, la cual parece poco apta para surcar los aires.
El piloto explica con evidente entusiasmo que la aeronave pesa doscientos cincuenta mil kilos cargada de combustible de hidrógeno, posee una estructura de matriz de titanio con fibras de carburo de silicio y cuenta con una relación empuje a peso de veinte a uno, una potencia muy superior a la de los aviones convencionales. Añade que el director de su laboratorio debe tener una enorme prisa por reunirse con Langdon para enviarle este prototipo del Boeing X 33, un transporte civil de alta velocidad del cual existen otros modelos desarrollados por diferentes naciones. A pesar de las impresionantes especificaciones técnicas del aparato, el profesor expresa abiertamente que preferiría viajar en un avión de pasajeros tradicional. Siguiendo las instrucciones del aviador, sube por la pasarela e ingresa a una cabina espaciosa que se asemeja bastante al interior de una nave comercial ordinaria, con la incómoda excepción de no contar con ventanillas. La ausencia de aberturas hacia el exterior despierta en Langdon un leve episodio de claustrofobia, un trastorno derivado de un incidente infantil que influye de manera sutil en sus pasatiempos, en su preferencia por espacios amplios como los museos y en la elección de su casa de techos altos.
Una vez que los potentes motores se encienden haciendo vibrar todo el fuselaje, el vehículo comienza a desplazarse por la pista mientras una música suave empieza a sonar por los altavoces de la cabina. De manera repentina, el teléfono colgado en la pared junto a su asiento emite dos pitidos, por lo que Langdon levanta el auricular para comunicarse con el piloto. Ante la consulta sobre su comodidad, el profesor manifiesta que no se siente a gusto y aprovecha la conversación para indagar sobre el destino final de su trayecto. El piloto le informa que el laboratorio se encuentra ubicado en Ginebra y que llegarán en un lapso aproximado de una hora. Al escuchar el nombre de la ciudad, Langdon asume de inmediato que se dirigen a Ginebra en el estado de Nueva York, donde tiene familiares cerca del lago Seneca. Sin embargo, el aviador se ríe del malentendido y le aclara que en realidad se dirigen a Ginebra en Suiza. La revelación acelera bruscamente el pulso del profesor, quien se cuestiona cómo es posible cubrir semejante distancia en sesenta minutos, a lo que el piloto responde con tranquilidad explicando que la nave alcanza la velocidad de Mach quince.
7.La sombra resucitada de una fraternidad legendaria
Un asesino poderoso, de aspecto oscuro, fuerte y con una agilidad sorprendente, avanza hábilmente abriéndose paso entre la multitud de una concurrida calle europea. El hombre experimenta una profunda satisfacción por el éxito de su reciente encuentro con su contratante, a pesar de que este jamás le ha mostrado el rostro durante sus interacciones. Recuerda con precisión la primera llamada telefónica recibida quince días atrás, cuando el interlocutor se identificó bajo el seudónimo de Janus. En aquella conversación inicial, el misterioso hombre afirmó que ambos compartían un enemigo común y le ofreció un trabajo debido a sus reconocidas habilidades de ejecución. Ante la incredulidad del mercenario sobre la identidad real de la organización que representaba, Janus le aseguró que la legendaria hermandad a la que pertenecían no había desaparecido en el olvido como la mayoría de la gente creía, sino que operaba en las sombras más profundas e infiltraba incluso la fortaleza sagrada de su adversario jurado. Para convencerlo de su autenticidad, Janus le anunció un acto de traición inminente, cuya veracidad quedó demostrada al día siguiente cuando los periódicos de todo el mundo publicaron la noticia en portada, consolidando así la fe del ejecutor en la fuerza de la orden.
Transcurridos esos quince días, el asesino camina con la mirada brillante de expectación, consciente de que la temida fraternidad ha decidido salir a la superficie esa misma noche para hacer una demostración pública de su inmenso poderío. Se siente halagado por haber sido seleccionado por una organización tan secreta, considerando que su propia reputación de sigilo y letalidad está a la altura de las exigencias del encargo. Hasta ese momento ha cumplido su misión de manera impecable al completar un asesinato y entregar a Janus el objeto solicitado por la orden. Mientras avanza, reflexiona sobre la capacidad de Janus para llevar a cabo la siguiente fase del plan, la cual requiere ubicar dicho objeto en un lugar determinado gracias a los contactos internos que la hermandad posee dentro de las estructuras de su enemigo. El sicario cavila sobre el origen del nombre en clave de su superior, preguntándose si hace referencia al dios romano de dos caras o a una luna de Saturno, aunque concluye que el detalle carece de importancia frente a la demostración innegable de autoridad y recursos que el líder ha demostrado tener.
A medida que recorre la ciudad, el asesino siente una profunda conexión espiritual con sus antepasados y se imagina a sus ancestros sonriendo desde el más allá al verlo combatir contra el mismo enemigo histórico. Su mente regresa al siglo once, época en la cual las tropas cruzadas invadieron y saquearon sus tierras natales, masacrando a su pueblo, profanando sus templos y tachando a sus habitantes de impuros. En respuesta a semejantes atrocidades, sus antecesores organizaron un pequeño pero mortífero ejército dedicado a proteger a su comunidad mediante la eliminación sistemática de los invasores que encontraban a su paso. Estos combatientes ganaron un gran renombre por la brutalidad de sus ejecuciones y por la costumbre de celebrar sus triunfos consumiendo una potente droga conocida como hachís. Debido a esta práctica habitual, la población comenzó a llamarlos hassassin, un término que significaba literalmente los seguidores del hachís. Con el paso de los siglos y la expansión de su reputación mortífera por el mundo, aquella denominación evolucionó en las diferentes lenguas hasta transformarse en la palabra moderna asesino.
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